MI CORDILLERA

La solemnidad de la altura



Desde que tengo uso de razón, siempre estuvo ahí. Por eso es que se le graba a uno con pétreo cuño en la memoria. La paciencia milenaria de aquellos montes coronados de nieve y serpenteando hacia el cielo vino a ser una de las primeras imágenes que atesoré con especial sigilo en mi niñez, para recordarla con solemnidad cuando ya no la tengo, muchos años después. Y es que la cordillera entraña ese profundo y primario sentir por el cual validamos nuestra identidad geográfica andina.

Para nosotros los chilenos, la cordillera viene a ser más que una física frontera que aún en lontananza e incluso desde el mar, manifiesta su imponente presencia. La cordillera es salvaguarda de nuestra identidad, es gesta y canción transandina. Es altar y pináculo en el ritual de nuestra naturaleza sureña. Por ella cabalgaron los vientos de la historia para darnos la libertad que disfrutamos ahora. Sus senos elevados hasta el cielo y sus entrañas inescrutables nos proveyeron de grandes riquezas forjadas en tradición minera y pastoril. Su delantal de nieve refrescó bosques y derramó lagos bajo la Cruz del Sur. Cordillera chilena y latinoamericana. Cordillera de cholos, gauchos y huasos. Cordillera nuestra de todos los días. Baluarte y sostén mental de mi recuerdo.

Mochila a la espalda y bototos reforzados en los pies, salíamos con algunos amigos de escuela en pos de esa aventura que enardecía nuestras expectativas. Caminábamos horas y horas pasando por pequeños y polvorientos pueblitos, atravesando bulliciosos ríos con un tronco de árbol caído como puente y desafiando constantemente el viento que susurraba golpeando nuestros rostros. A veces se podía oir en la lejanía el tintinear de un cencerro, anunciando la proximidad de pastores y arrieros en ruta hacia mejores pastos para su ganado. Y desde la altura, "extendiendo su místico plumaje... y picotendo el cinc del cielo", el cóndor nos recordaba con su vuelo metálico, la insignificancia y debilidad de nuestra atrevida presencia.

Seguíamos subiendo, ebrios de naturaleza y altura. Súbitamente, todo el paisaje cambiaba de golpe; el verdor de álamos, sauces y yantenes, le daba paso a la estoica desnudez de la roca. El sendero se estrechaba dibujándose como una huella dificil de imaginar a veces y también de transitar. Cañones, precipicios y quebradas vienen a ser entonces códigos indescifrables para el común mortal y que cobran relevancia inmediata a la hora de encontrar algun sentido de orientación. Porque la cordillera también tiene sus esotéricas leyes, y pobre de aquel que ose violentar sus gélidos mandamientos. Sobre todo en invierno cuando necesita renovar su vestimenta, lavar su rostro y fecundar los ríos para la resurrección primaveral. Ahí es cuando se desatan las iras de Eolo y su aliento geológico remueve faldeos, arrasa caminos y le recuerda al hombre que su vanagloria es grano de arena en la inmensidad colosal de la Creación.

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