Hablar de mis ideas políticas podría fácilmente ocupar un website completo, para así describirlas en profundidad, pero no se trata de eso en esta oportunidad, sino en plantear estas ideas ante ustedes de forma clara, precisa y sobretodo que sean de fácil comprensión.
Soy producto de aquella "revolución mundial" de los años sesenta y setenta, cuyos vientos alcanzaron ribetes de dramatismo especialmente en Latinoamérica, cuando con la excusa de la Guerra Fría, las dos potencias de entonces (la Unión Soviética y los Estados Unidos) pugnaban por establecer su hegemonía planetaria.
Crecí en el seno de una familia trabajadora chilena. Mi padre laboraba en los ferrocarriles del Estado, y aún recuerdo su lucha por mejorar sus condiciones de vida. La huelga que más me impresionó siendo aún un niño, fue aquella en que el gobierno puso a militares en la vía férrea, lo que derivó en enfrentamiento entre obreros y uniformados, con el trágico resultado de varios muertos (del lado de los huelguistas, claro está). Era el año 1961 y el gobierno de derecha de Jorge Alessandri no le concedió ninguna de las peticiones a los trabajadores, quienes tuvieron que volver a sus puestos de trabajo con el mismo salario que hasta entonces tenían, además de descontárseles los días que estuvieron en huelga.
Eran tiempos difíciles, y aunque el país gozaba de una larga tradición "democrática", avalada por una aparente estabilidad política y social, poco a poco se iban gestando los acontecimientos que culminarían en 1970, con el triunfo en las urnas del socialista Salvador Allende Gossens y su frente de Unidad Popular.
Por primera vez en la historia chilena y también del mundo, una coalición de fuerzas de izquierda accedía al poder mediante un proceso eleccionario libre y dentro de los parámetros de una democracia occidental. De hecho, el programa del doctor Allende se llamaba "La vía chilena pacífica al socialismo" y en la práctica significaba un rayo de esperanza para miles de chilenos que -elección tras elección- siempre habían visto postergados sus anhelos de reivindicación política y social. Claro, en las dos elecciones que le precedieron, (1958 y 1964) la derecha y sus aliados del Norte, habían hecho lo imposible por impedir el triunfo de Allende: desde campañas de terror en que mostraban tanques rusos entrando al Palacio de La Moneda (o sea los comunistas se apoderarían del país para instaurar un gobierno al estilo soviético), hasta conatos de golpes de estado, (que no habían progresado por la verticalidad que mostraran hasta ese momento, las fuerzas armadas en el respeto a la Constitución), además de la proliferación de grupúsculos fascistas y neo-nazis en estrecha vinculación con los sectores más conservadores y recalcitrantes de la sociedad chilena.
Los casi tres años que duró el gobierno de Allende fueron
literalmente un escenario en que las fuerzas imperialistas de EEUU
y la URSS midieron sus fuerzas en el extremo sur del continente,
a costa de la vida de miles de chilenos. Por un lado, la derecha
financiada desde Washington boicoteaba en el Parlamento cualquier
iniciativa gubernamental, junto a sabotajes en la infraestructura
y agitación en ciertos sectores gremiales de la agricultura y el
transporte. Años más tarde se demostraría que la CIA gastó millones
de dólares en el gremio de los camioneros, para crear un
"desabastecimiento artificial" que paralizara el país. Por otro
lado y en honor a la verdad, hay que admitir también que la
llamada Unidad Popular, lejos de ser una coalición de unidad y
que cerrara filas en torno a Allende y su gobierno, pronto
demostró ser solamente un acuerdo táctico para adelantar las
causas particulares de cada uno de sus partidos integrantes.
Era triste ver como en las calles de Santiago y a plena luz del
día se peleaban las brigadas del Partido Socialista, del Partido
Comunista e incluso del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria).
El sectarismo y autoritarismo de estos partidos marxistas,
heredado de sus homólogos soviéticos, chinos y coreanos, además
de su dogmatismo mesiánico, abonaron el terreno para profundizar
aún más la crisis política en Chile, lo que desembocaría
inevitablemente en los tristes sucesos del 11 de septiembre de 1973.
En realidad la sociedad chilena no sabía hasta ese entonces,
lo que era vivir bajo una dictadura militar. Con el golpe de
estado comandado por Augusto Pinochet, un desconocido general
que, días antes, jurara fidelidad al gobierno de Allende y a la
Constitución vigente (eso lo señala como un traidor), las reglas
del juego en la arena política cambiaron drásticamente.
El terror y la barbarie se entronizaron en suelo chileno
con el fatídico resultado de todos ya conocido: fusilamientos
en masa, torturados, desaparecidos y exiliados. Se intervenieron
las universidades, se prohibieron los sindicatos y se puso por
decreto al margen de la ley, a los partidos políticos y a
toda corriente de opinión. En el fondo, y apoyándose en la Doctrina
de Seguridad Nacional - aprendida por los militares chilenos en
la infame Escuela de las Américas, con instructores
militares estadounidenses - el pensamiento crítico constituía un
delito. La vida en Chile vino a ser la de un país intervenido,
con un estado de sitio permanente. El régimen veía "comunistas
y subversivos" por todos lados. Recuerdo mi estupor cuando cierto
día en la Universidad, buscando textos en la Biblioteca, me percato
que faltaban todos los escritos de Marx, Engels... ¡incluso hasta
los de Freud! Los habían quemado en una gran pira que hubiera
hecho las delicias de Savonarola y la Inquisición.
Aún así, siempre hubo focos de resistencia. Tímidamente al
principio, creativa y osadamente después. Es ahí donde comienzan
a germinar mis primeras ideas en torno al concepto de "la
civilidad como alternativa" con el cual titulo este escrito.
Al ver la urgencia por sobrellevar un estado de cosas en que la
carencia y la negación constituían el "modus vivendi" que se le
imponía al cuerpo social, creía imperativo que la comunidad se
organizara para hacer más llevadera su existencia. Cuidarse por
un lado para sobrevivir y ejercer el derecho a la libre expresión,
por otro. O sea, luchar por el derecho a dignificar la Vida, así,
sin más.
Poco a poco y de forma espontánea fueron apareciendo diversas
agrupaciones sociales que, organizadas, aglutinaban el sentir de sus
respectivas bases. La manera "tradicional" de hacer política, o
sea, ligada a un partido político o a una corriente ideológica
determinada, fue superada por estas nuevas agrupaciones que
enfatizaban más bien en la solución inmediata a ciertos
problemas puntuales, que en la toma del poder y la conducción
del Estado. Obviamente, esto le originaba múltiples problemas
al régimen militar, acostumbrado a luchar contra un "enemigo"
claramente identificado: los "marxistas leninistas", en palabras
de Pinochet. Ahora era la población completa la que se tornaba
sospechosa y subversiva, a través de asociaciones de residentes,
centros vecinales, colectividades culturales, religiosas y
estudiantiles.
Naturalmente que el éxito de tales agrupaciones consistía en asumir una conciencia colectivista por encima de intereses particulares. De hecho, en muchas de ellas, convergían personas con un trasfondo ideológico muy disímil. La coyuntura histórica forzaba a la unidad.